No es que no haya pitado nunca ni que no pite cuando voy al volante, pero me lo han dicho muchas veces. ¿Por qué no le pitas?, cuando otro conductor hace maniobra inadecuada, se mete en la cola cuando no le pertenece, o pasa demasiado rápido, etc etc etc...
Creo que esto tiene que ver con la educación y con la forma de tomarse la vida, o más bien con la forma de estar en ella. Lógicamente no todos somos iguales y menos mal, porque sería muy aburrido.
Hay factores que determinan nuestra respuesta y no solo la impulsividad de cada uno. En primer lugar, la sensación de amenaza o de peligro, que nos hace reaccionar para protegernos. Influyen mucho los factores ambientales, cómo lo que nos rodea nos hace sentir en ese momento, nuestro nivel de estrés o ansiedad, las prisas y la importancia que le demos a llegar a tiempo a un sitio. Y aunque no todo es una urgencia, lo sabemos. Las urgencias son urgencias.
De aquí me nace otra reflexión. Pitamos, increpamos y nos exaltamos porque sentimos que perdemos tiempo al volante, porque alguien nos coge la vez en una caravana o en un aparcamiento. Sin embargo, luego no nos importa pasarnos la tarde entera con el móvil en la mano viendo memes, TikTok o contenidos de poco valor en redes sociales.
Al volante, la mayoría de las personas son más impacientes y menos respetuosas, no todas afortunadamente. En cambio, con esa misma persona, cuando estamos cara a cara, en la puerta de una cafetería, accediendo al banco, al médico, en una fiesta o en cualquier otro contexto, como suele decirse, somos más personas, más humanos y esto tiene una explicación psicológica relacionada con nuestro comportamiento.
Y es que, de alguna manera, somos una persona cuando vamos al volante y otra distinta cuando no vamos al volante.
Resulta llamativo cómo una misma persona puede comportarse de forma tan diferente según el contexto. Al volante nos impacientamos, juzgamos rápido y nos cuesta ceder. Fuera del coche, ante esa misma persona, solemos ser más amables, más pacientes, más humanos.
Desde la psicología esto no se explica tanto por mala educación, sino por el efecto del entorno sobre la conducta. El coche crea distancia, anonimato y sensación de protección. Dejamos de ver personas y vemos obstáculos, y cuando el otro pierde rostro, la empatía se debilita.
La psicología social lleva tiempo estudiando este fenómeno. Cuando la identidad se diluye y no hay contacto directo, bajan los frenos sociales y actuamos de forma más impulsiva. Además, conducir activa estados de alerta y estrés que reducen la reflexión y favorecen respuestas automáticas. No reaccionamos desde lo que somos, sino desde lo que el contexto despierta.
En cambio, el encuentro cara a cara nos regula. Una mirada, un gesto o un simple perdón bastan para relajar nuestras defensas y sentirnos más humanos.
Efectivamente, una vez más el contexto influye en nuestras conductas diarias y es importante saberlo. Quizá así nos ahorremos más de un berrenchín, aunque a veces también nos desahogue el insulto que soltamos en ese momento al otro conductor, que posiblemente, o no, puede que sea realmente un cabrón.
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