EL EFECTO ESPECTADOR, LEJOS DE LA EMPATÍA

Publicado el 27 de diciembre de 2025, 19:57

En uno de mis artículos escribí sobre el efecto espectador y justamente en el último hablaba sobre porque nos llama más la atención “lo malo que lo bueno” y estos dos efectos o disposiciones psicológicas se dan la mano en un hecho terrible, independientemente de que haya o no víctimas.

Hoy pensaba reflexionar sobre otra cosa, pero la indignación no me dejan mirar para otro lado. Un incendio en la localidad hermana de Conil y un público expectante, algunos sin empatía alguna…

Os lo explico más abajo, antes repaso brevemente en que consiste el efecto espectador sobre el que ya escribí y donde podéis encontrar de donde proviene.

 

El efecto espectador es un fenómeno estudiado por la psicología social que explica por qué, cuantas más personas presencian una situación de emergencia, menor es la probabilidad de que alguien intervenga.

Cuando hay muchos testigos, la responsabilidad se diluye, cada persona asume, de forma inconsciente, que otro hará algo, que alguien sabrá cómo actuar o que no es su papel intervenir.

El resultado es la inacción colectiva, incluso ante situaciones graves.

 

Además, influye la observación del comportamiento ajeno, si nadie actúa, el cerebro interpreta que quizá no sea tan urgente o no sea apropiado intervenir, reforzando aún más la pasividad.

En el contexto actual, las redes sociales y los móviles amplifican este efecto, mirar a través de una pantalla no solo distancia emocionalmente, sino que convierte al espectador en observador pasivo, más centrado en registrar lo que ocurre que en implicarse humanamente.

 

A lo que voy.

 

Quería hacer un par de reflexiones más adecuadas para esta fecha en la que nos encontramos y no sabía cual de ellas hacer, pero me lo has puesto fácil campeón…

Me he encontrado hoy con un vídeo en redes sociales que me ha dejado un nudo en el estómago. Un incendio en una vivienda de una localidad cercana. Bomberos desplegando medios, tensión en el ambiente, incertidumbre absoluta sobre si había personas dentro… y, en segundo plano, un hombre grabando la escena tranquilamente, cigarro en mano, como quien observa un espectáculo.

Y no, no es una anécdota aislada. Es un síntoma.

Vivimos en una época en la que el móvil se ha convertido en una especie de “escudo emocional”. Cuando grabamos, tomamos distancia. Miramos, pero no sentimos del todo. Registramos, pero no nos implicamos. Es como si la pantalla nos protegiera de la crudeza de la realidad. Mientras filmo, no participo. Mientras filmo, no me duele igual.

El problema es que, cuando ocurre una tragedia, esa distancia deshumaniza. El incendio deja de ser un drama para convertirse en “contenido”. Ya no hay personas que pueden haberlo perdido todo, hay una escena impactante. Ya no hay miedo o angustia, hay una historia que puede circular por redes.

Aquí aparece algo que deshumaniza, “la normalización del morbo”. Nos hemos acostumbrado tanto a consumir imágenes extremas que, sin darnos cuenta, hemos rebajado nuestro umbral de empatía. Lo extraordinario se vuelve cotidiano. Lo doloroso, entretenido. Y lo humano, secundario.

Las redes sociales, además, juegan su papel. Están diseñadas para captar atención, para generar impacto, para estimular nuestro sistema de recompensa. Likes, visualizaciones, comentarios. Todo eso compite directamente con la empatía. No porque la gente sea inherentemente mala, sino porque estamos entrenando nuestra mirada para buscar estímulo antes que humanidad.

Pero hay que decirlo, “comprender no es justificar”.

Mientras los servicios de emergencia se juegan la vida y una familia puede estar viviendo el peor momento de la suya, grabar desde la barrera no es un acto neutro. Es una forma de indiferencia. No ayudas, no acompañas, no respetas. Simplemente alimentas el morbo.

Hay una pregunta incómoda…

¿Cuántas veces hemos mirado una desgracia a través de una pantalla en lugar de mirarla como personas?

No se trata solo de señalar a “ese hombre del vídeo” (que me parece lamentable), se trata de mirarnos como sociedad. De revisar en qué momento empezamos a confundir informar con exhibir y compartir con explotar emocionalmente lo ajeno.

Quizá no siempre podamos ayudar. Quizá no sepamos qué hacer. Pero hay algo que sí está en nuestra mano, “no convertir el dolor de otros en entretenimiento”.

De aquellos fangos estos lodos… luego hablaremos del mundo actual, de donde estamos llegando, de generaciones futuras, de abusos, de bullyng, de mobbing, de gente sin escrúpulos…

El mayor gesto de humanidad es bajar el móvil, guardar silencio y recordar que, al otro lado del fuego, del accidente o de la desgracia, hay vidas reales, hay familias, hay personas...

 Todo no debe grabarse y no todo lo que puede compartirse, debería de compartirse.

 

 

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