Ante la inminente llegada de Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, se abre un momento propicio para la reflexión. No tanto sobre la tradición en sí, que nos acompaña desde hace siglos, sino sobre el contexto social y cultural en el que hoy la vivimos. Los reyes siempre han existido, como símbolos, como relato, como esperanza. Lo que ha cambiado no es la figura, sino el escenario.
Desde la psicología social sabemos que el ser humano no se desarrolla en el vacío, se construye en interacción constante con su entorno y ese entorno, hoy, es un entorno de sobre estimulación permanente. Nuestros niños crecen rodeados de estímulos, muchos estímulos, relatos y expectativas que se solapan y se multiplican envueltos en el consumismo, Reyes Magos, Papá Noel, elfos, calendarios de adviento, cumpleaños cada vez más a lo grande, regalos por buenas notas, regalos si te portas bien, regalos por todo, pantallas, ese diálogo interior y exterior de “lo que yo no pude tener se lo doy a mi hijo”, a veces en competencia con el familiar, con el vecino o con el compañero de clase, por que a veces ya solo es eso, competir para que tu hijo tenga mas y mejor que el otro y ahí también lo estamos desarrollando como “personas”.
La psicología social nos habla del proceso de normalización, aquello que se repite pierde impacto emocional. El asombro necesita contraste, pausa, espera. Sin embargo, vivimos en una cultura que ha confundido amor con exceso, presencia con consumo y felicidad con acumulación de experiencias. No es una cuestión de mala intención, es un fenómeno colectivo. Padres, madres y educadores no actuamos desde la maldad, sino desde el miedo, miedo a que nuestros hijos “se queden atrás”, a no darles lo suficiente.
Conviene preguntarnos, ¿qué precio pagamos por esa sobre estimulación y huida de lo sensato?
Los niños aprenden por modelado social. Si el mensaje implícito es que siempre hay que ir a más, que lo normal no basta, que la espera es intolerable y la frustración debe evitarse a toda costa, estamos sembrando adultos con baja tolerancia al vacío, a la demora y al límite. La fantasía, cuando no está bien anclada en la realidad, deja de ser un juego y se convierte en una exigencia.
Aquí es donde surge la necesidad de volver a lo puro, a lo normal, no como resignación, sino como valor. Lo normal no es mediocre, es estable, es humano, es suficiente. Un regalo esperado con ilusión puede tener más impacto que diez recibidos sin conciencia. Una celebración sencilla puede dejar más huella que un espectáculo. Un “no” a tiempo educa más que mil “sí” cargados de culpa.
La psicología social también nos recuerda que las normas colectivas marcan el rumbo. Cuando todo vale, nada orienta. Poner límites no es apagar la magia, es darle forma. La tradición de los Reyes Magos, por ejemplo, no necesitó nunca excesos para emocionar, bastaba la espera, la noche, la imaginación y el relato compartido con hermanos, con primos, con padres o abuelos. Ahí esté la clave.
La pregunta final no es solo “¿a dónde vamos a llegar?”, sino qué adultos estamos ayudando a construir. Tal vez sea momento de desacelerar, de revisar creencias, de atrevernos a no idealizarlo todo. De aceptar que la vida también es rutina, espera y sencillez, y que precisamente ahí reside una magia más profunda y duradera.
Volver a lo normal no es retroceder, es el acto más revolucionario de nuestro tiempo.
Mientras tanto en esta conjetura psicología social de ilusión de padre y recuerdos de niño, me quedo con eso, con haber conocido a los verdaderos reyes magos, los que nos hacían esperar todo un año para que la magia se hiciera de nuevo, a los de la cabalgata (hoy hay demasiados) y a los de casa, me quedo con esa noche interminable junto a mis hermanos, a dormirme por agotamiento de tanto apretar los ojos para no estropear la noche más mágica del año, mientras esperaba los regalos que no dejé de observar semanas antes con mis primos a través de las rejas del escaparate de Joaquinita o en el “Aldi” (creo que lo llevaba Miguel).
Eso sí era magia.
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