NO HAY NADA PEOR QUE UN POBRE HARTO DE PAN visto desde la psicología social

Publicado el 11 de enero de 2026, 19:44

He llegado a la conclusión de que el refrán que siempre escuché, “no hay nada peor que un pobre harto de pan”, muy extendido en Andalucía, el dicho me refiero, porque tontos hartos de pan hay en todas partes, guarda una relación muy estrecha con un comportamiento social estudiado por la psicología social, el famoso experimento de la cárcel de Stanford, dirigido por Philip Zimbardo.

Este refrán se utiliza para criticar a personas que, tras haber pasado necesidad o tener orígenes humildes, pierden la humildad cuando alcanzan otro estatus o prosperan socialmente.

¿Y qué mostró Zimbardo?

En 1971 demostró que personas normales, en este caso estudiantes que no se conocían entre sí, al asumir roles de poder, policías unos, o roles de sumisión, presos otros, en un contexto que legitima dichos roles, cambian rápidamente su conducta. Para ello se recreó el escenario de una cárcel.

Los “policías” comenzaron a comportarse de manera abusiva y los “presos” se volvieron sumisos y angustiados, hasta el punto de que el experimento tuvo que cancelarse. Todos los participantes partían en igualdad de condiciones, pero el simple cambio de rol produjo un cambio profundo en su comportamiento. La conclusión fue clara, el rol y la situación pueden pesar más que la personalidad.

Por tanto, el refrán “no hay nada peor que un pobre harto de pan” no es un insulto de clase, sino un diagnóstico psicológico colectivo. No señala al pobre, sino al cambio de rol mal digerido, a lo que ocurre cuando el contexto otorga estatus, poder o reconocimiento más rápido de lo que la identidad personal puede integrar.

Desde la psicología social sabemos que el comportamiento no nace solo del carácter, sino de la situación. Los experimentos de Zimbardo y Milgram, que veremos en otro artículo, lo dejaron claro, personas comunes pueden ejercer crueldad o sumisión extrema cuando el entorno y el rol cambian. El problema no es quién eres, sino qué te permiten ser sin límites ni conciencia.

El “pobre harto de pan” encarna exactamente esto, alguien que, tras años de carencia material, simbólica o incluso afectiva, accede a una posición de ventaja sin haber elaborado el resentimiento previo. El nuevo estatus no sana la herida, la disfraza y entonces aparece la necesidad de marcar distancia, ejercer superioridad y reproducir, ahora desde arriba, la misma lógica que antes lo oprimía. Todo ello suele estar vinculado a la necesidad de validación externa y en ocasiones, a un ego narcisista mal construido.

El rol ofrece una identidad prestada, todos desempeñamos distintos roles a lo largo de nuestra vida y cuando no hay una identidad sólida detrás, el poder actúa como amplificador de lo no resuelto, inseguridad, miedo a volver abajo, necesidad de dominar para no sentirse dominado. Por eso muchos no ejercen el poder, lo padecen y lo descargan sobre los demás. Y no hace falta ser policía, basta con ser jefe, empleado de banca, cliente de la tienda del barrio o supermercado o cualquier persona con una mínima cuota de estatus.

Quizá no deberíamos preguntarnos por qué algunos se vuelven soberbios cuando prosperan, sino por qué educamos en el éxito sin educar antes en la responsabilidad. Cuando el rol manda más que la ética, no hace falta una cárcel ni un uniforme, a veces basta con tener un espejo, aunque algunos solo lo utilicen para decir “qué guapo soy”.

Por eso no asusta el pobre que prospera, asusta el que olvida.

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