Hace unos días, y ya que estamos entrando en fechas de carnaval, se me ocurrió este título en clave de carnaval y de humor para algo que vengo observando desde hace tiempo y que parece que cobra fuerza día a día en muchas personas. No hay más que asomarse a las redes sociales para observar el comportamiento de muchos y muchas, a veces insoportable. Os lo explico a continuación.
La expresión “miniyó” se utiliza cuando vemos a alguien - normalmente refiriéndonos a nuestros hijos - actuando como si fuéramos nosotros de pequeños. Es decir, somos nosotros, pero en pequeño y eso nos embelesa, nos agrada y en cierta manera hasta nos derrite de amor. Aquí distingo, obviamente, factores genéticos, no me refiero a eso. Si un hijo se parece físicamente a su padre o a su madre es lo más normal del mundo y puede ser “miniyó”. Si tiene formas de actuar iguales o parecidas a las del padre o la madre, también lo es, ya no solo por genética, sino por el factor de imitación del que ya he hablado anteriormente en otro artículo. Ese parecido nos gusta, nuestro hijo se nos parece y nos recuerda a cuando éramos pequeños o pequeñas. Eso es normal.
La diferencia aparece cuando pretendemos, de forma “no natural”, que eso tenga que ser así, que nuestro hijo se nos parezca en lo que hacemos, en lo que practicamos, en nuestras aficiones o en que le guste exactamente lo que nos gusta a nosotros, ya sea deporte, carnaval, la caza, la informática o lo que quiera que sea…
Y lo de “Pocoyó” viene referido a un juego de palabras entre el personaje de dibujos (infantil como miniyó) y ese “yo” venido a menos o no resuelto. Es decir, traducido, Pocoyó sería algo así como no haber sido suficiente o no haberlo sido del todo: “yo, poco”. Ya dije que era en clave de carnaval. Quédate con esa idea, porque ser Pocoyó puede tener que ver con dejar cosas sin resolver, con no haber llegado a ser lo que nos hubiera gustado, al menos a mi me lo parece. Por eso, muchas veces, un “miniyó” habla de un “Pocoyó”.
A veces, sin darnos cuenta, convertimos a nuestros hijos en un miniyó. Queremos que vistan como nosotros, que tengan nuestros mismos gustos, que disfruten de lo que a nosotros nos apasiona y casi sin notarlo, damos por hecho que si algo nos gusta a nosotros, también debería gustarles a ellos. Muchas veces lo hacemos desde el amor, desde el orgullo o desde el deseo de compartir, pero no siempre compartir es acompañar. Lo que ocurre es que el niño empieza a ser mirado más como una extensión del adulto que como una persona en construcción. Deja de ser alguien que descubre quién es para convertirse en alguien que representa lo que otros esperan que sea y en lugar de preguntarle qué le gusta, le enseñamos qué debería gustarle.
Esto no ocurre con gritos ni con imposiciones evidentes. Ocurre en lo cotidiano, en pequeños gestos, en frases repetidas, en correcciones constantes. Ocurre cuando reforzamos lo que se parece a nosotros y restamos valor a lo que es diferente. El niño, para no perder el vínculo, aprende a adaptarse. Suele suceder cuando el adulto no ha resuelto del todo su propia historia, cuando hay sueños no cumplidos, decisiones no tomadas o deseos postergados y sin darnos cuenta el hijo se convierte en una segunda oportunidad, en un lugar donde vivir lo que no se vivió y en un espejo donde buscar validación.
Desde la psicología, este fenómeno se entiende como proyección e identificación forzada. El adulto deposita en el niño partes de su identidad y el niño no elige, se adapta, aprendiendo que vale cuando coincide, que es querido cuando representa y que es aceptado cuando no se diferencia. Así, su identidad no se construye desde dentro, sino desde la expectativa del otro y en lugar de preguntarse quién es, aprende a preguntarse qué esperan de él aunque sea de forma inconsciente.
Hay quienes aún no saben, a pesar de su adultez, que un hijo no viene a cumplir nuestros sueños, viene a descubrir los suyos. Compartir gustos es un regalo, imponerlos ya es limitar.
Educar no es clonar. Cuando convertimos a un niño en un miniyó, lo vestimos con nuestra historia y le quitamos espacio para escribir la suya. Amar a nuestros hijos es dejarles ser, incluso cuando en ese ser no se parezcan a nosotros.
Dale una vuelta sino.
Añadir comentario
Comentarios
Buena reflexión! Gracias Francisco. Un abrazó.