MI ABUELA TENÍA CASTAÑA

Publicado el 30 de agosto de 2026, 14:23

Aunque ya he reflexionado más de una vez sobre esto que traigo hoy, nunca lo había hecho por escrito ni lo había compartido de esta manera.

Hace una semana, justamente, almorcé sopa de verduras. Hasta ahí todo normal. Y no porque almuerce sopa de verduras a menudo, sino porque cuando ese plato es de tu madre ya no es tan normal, o no debería serlo. Al menos para mí no lo es.

Pasa a otro nivel, rompe la normalidad.

Y es que con la edad se va valorando más. No solo el plato en sí, sino el hecho de que ella se acuerde de ti, se moleste en acercarte el famoso táper, eso si, con tu nombre si tienes hermanos, a cada uno el suyo, ya sabes aquello de... "que deo me corto que no me duela"...y valorar por encima de todo, el hecho de tenerla a ella para poder hacerlo.

Y es curioso, porque siempre le he dado mucho valor a ese gesto, pero cada vez le doy más. Por razones obvias. El tiempo pasa inexorable y algún día eso ya no será posible.

Por eso intento quedarme con el sabor en el paladar.

Pienso que las personas nos dejan recuerdos, vivencias y también sabores. En algunos casos, sabores amargos. Pero muchas veces, la mayoría, sabores peculiares, únicos, sin estrellas Michelin, sin carta elegante y sin aparecer en ninguna guía gastronómica.

Pero no se olvidan en la vida.

Cuando somos pequeños, o no tan pequeños, no tenemos la capacidad de retener ciertas cosas en la memoria. Y mucho menos en el paladar. Pero ahora sí. Ahora cada cucharada intento hacerla inolvidable, porque sé que ese sabor un día dejará de existir.

Podrán hacerlo parecido, pero no igual.

Nunca igual a como lo hace esa persona especial.

A veces un plato no alimenta solo el cuerpo. Alimenta un recuerdo. Te lleva a una cocina, a una mesa, a una voz, a una casa, a una época. Y aunque no tengas hambre, haces por probarlo. Porque no estás buscando comida. Estás buscando volver, aunque sea un segundo, a donde ese sabor te lleva.

Eso también es memoria. Memoria emocional del sabor.

Dicen que las madres tienen superpoderes y que sus pucheros y potajes son pócimas capaces de revivir a un muerto. Y más de uno sabemos que eso tiene bastante de verdad.

Aquel que tenga a una persona que le cocine un plato con cariño debería agradecer cada plato. Cada día. Porque no siempre sabemos lo que vale algo mientras todavía lo tenemos en la mesa, hasta que ya no es posible, esa presentación, esa textura, ese sabor, ese olor.

¿ Cuantas veces te han dicho - TE QUIERO - en forma de plato y ni te has enterado ?.

Por que hay muchas formas de decir - TE QUIERO -.

Seguro que ahora mismo estás recordando ese plato especial que tanto te gusta. Ese que te cocina alguien. O ese que te cocinaban. Ese que, aunque otros intenten imitar, nunca sabe exactamente igual.

Hace unas semanas ya reflexioné y me acordé de una de mis abuelas. Y hoy era justo acordarme también de mi otra abuela.

Mi abuela tenía castaña... y se acordaba de mí.

Me avisaba para que fuera a su casa y a veces hasta me las mandaba. Eran castañas con habichuelas. Hay quien dice que es más bien un postre, pero a mí eso no me preocupaba demasiado.

Y aunque mi madre intentó imitarla alguna vez haciendo ese plato, las de mi abuela eran las mejores. Lo siento mamá.

Y cuando me pongo a dieta no creas que no me duele tener que decirte que no a algunos de tus platos, pero a veces hay que hacerlo.

Mi abuela Magdalena, y aunque tengo muchos recuerdos de ella, siempre ganan por goleada sus castañas con habichuelas.

Porque hay sabores que son irrepetibles.

Y cuando ya no están quienes los hacían, entendemos tarde que aquello no era solo comida

Sabores que se quedan para siempre en el cielo, en el cielo de tu boca.

Mi abuela tenía castaña.

Y yo, ese día, era el más feliz del mundo.

 

Feliz domingo.

 

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