La reflexión de hoy es delicada. Claro que lo es. Pero desde ya te digo que no va de política. Si lo ves solo así, quizás tienes un problema.
Una vez dicho esto, pensaba opinar en redes sociales. Al fin y al cabo, todo el mundo lo hace, con o sin conocimientos. Pero alguien me dijo: “¿pa qué?”. Y puede que tuviera razón.
Hay debates en los que, al final, uno termina teniendo que enfrentarse a personas con otras herramientas. Y uno puede ser coach, hablar de gestión mental y defender la calma, pero precisamente por eso también sabe poner límites.
A mi edad cada vez tiene uno menos ganas de quedarse con eso, con las ganas.
Y por eso no aguanto fanáticos, pega carteles, políticos de tres al cuarto, estómagos agradecidos que por un sueldo lamen la mano de su amo, ni a los que aspiran a serlo, e incluso a los politólogos que han leído un par de libros y visto tres documentales en Netflix sobre ideologías.
Por eso he decidido dar esta opinión y esta visión aquí, en mi blog, que es mi casa. Y si vienes a mi casa, no hace falta que te quites los zapatos al entrar, pero hay ciertas normas que se respetan.
Dicho esto también, si has llegado hasta aquí, bienvenido o bienvenida.
Como digo al principio, si ves en esta reflexión solo una cuestión política, quizá ya vienes condicionado. Aquí no vengo a defender siglas, partidos ni banderas de tertulia. Vengo a hablar de humanidad, de límites, de responsabilidad y de esa manía tan nuestra de opinar desde lejos como si las consecuenncias las fueran a vivir siempre otros.
Y aquí empieza la reflexión.
Creo que en este tema hay que separar dos cosas, la persona y el fenómeno.
La persona que llega puede traer detrás una historia durísima, de pobreza, de miedo, de necesidad o de falta de oportunidades. Eso no se puede olvidar. Ahí tiene que haber humanidad.
Pero otra cosa distinta es negar el problema que se genera cuando esa llegada se produce de forma masiva, desordenada o sin capacidad real de gestión. Entonces ya no hablamos solo de una persona concreta, sino de convivencia, seguridad, recursos, presión social y del día a día de quienes viven allí.
Y las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.
Se puede tener compasión por quien busca una vida mejor y, a la vez, entender que un territorio no puede vivir permanentemente desbordado. Se puede defender la dignidad de todos sin negar la necesidad de orden. Se puede hablar de humanidad sin caer en la ingenuidad. Y se puede pedir límites sin caer en el odio.
A tantos filósofos políticos, analistas de sofá o expertos de Facebook les haría dos preguntas. Y te las hago también a ti.
Imagina que en un tren viajan 300 personas: adultos, mayores, mujeres, niños y niñas, jóvenes de todas las edades. De ti depende que puedan salvar la vida. Pero, por otro lado, hay un niño que también depende de ti para salvarse.
¿A quién salvarías? ¿Salvarías al niño o lo sacrificarías para salvar a esas 300 personas?
Ahora cambia solo una cosa.
Misma situación, pero resulta que ese niño es tu hijo, tu hermano o tu sobrino.
¿A quién salvarías ahora?
Cambia la cosa, ¿verdad?
Es una forma sencilla de explicar algo que a veces cuesta decir o entender, el amor tiene orden, es jerárquico. Y la responsabilidad también.
La dignidad humana no es jerárquica. Nadie vale más que nadie por haber nacido en un sitio o en otro. Pero la responsabilidad sí tiene una jerarquía natural. Tú puedes sentir compasión por todo el mundo, pero tu primera responsabilidad son tus hijos, tu familia, tu casa, tu barrio, tu pueblo, tu país.
Eso no es racismo. Eso es estructura moral básica.
Si tu hijo y un desconocido necesitan ayuda a la vez, ayudas primero a tu hijo. No porque el otro no valga. Sino porque tu responsabilidad empieza por lo más cercano. ¿lo entiendes mejor?.
Ahí cambiarían muchos golpes de pecho.
Y luego está el otro punto de esta reflexión dominguera, la distancia desde la que opinamos.
Porque no es lo mismo hablar desde un plató de televisión, desde el sofá de casa, desde la barra del bar o desde Facebook, que vivirlo allí.
No es lo mismo opinar sobre un problema cuando lo tienes a cientos de kilómetros que cuando lo tienes en la puerta de tu casa, en el colegio de tus hijos, en tu barrio, en tu comercio o en la calle por la que pasas cada día.
Desde lejos todo parece más fácil. Desde lejos se reparten lecciones morales con una tranquilidad pasmosa. Desde lejos todo el mundo sabe lo que habría que hacer, cómo habría que hacerlo y quién es buena persona y quién no.
Pero cuando el problema se acerca, el discurso cambia. Aparecen el miedo, la responsabilidad, la convivencia, los recursos, los límites y las consecuencias reales. Y eso también hay que tenerlo en cuenta.
En psicología social podríamos hablar de una especie de distancia moral, cuanto más lejos tenemos una situación, más fácil es opinar de forma idealista. Cuanto más cerca la tenemos, menos nos sirven las frases bonitas y más pesa la realidad. Por que ya , todo cambia, ya duele diferente, y huele también.
Y esto no significa perder humanidad. Significa entender que no es justo exigir desde lejos una calma que quizá nosotros mismos no tendríamos si nos tocara vivirlo de cerca. Vamos, he sido generoso, no digo quizás, te lo garantizo.
Así que yo invitaría a muchos tertulianos, a los de televisión y también a los de Facebook, a los politiquillos esos de tres al cuarto, que a veces son los mismos que luego ves en la barra del bar, a vivir unos días allí. Pero vivirlo de verdad. No ir dos horas, hacerse una foto, soltar una frase bonita y volver al hotel.
Que caminen por esas calles. Que hablen con los vecinos. Que escuchen a los comerciantes. Que miren a los padres y madres que intentan criar a sus hijos en medio de una tensión que otros comentan desde muy lejos y que hagan vida allí.
Que vivan el problema cerca. Que lo huelan. Que lo escuchen. Que lo sientan. Que se pregunten si dejarían a sus hijos moverse con la misma tranquilidad con la que opinan desde un sofá, sabiendo que su hijo esta en su habitación con la Play. Que comprueben si la valentía moral de Facebook aguanta igual cuando el asunto toca tu puerta, tu calle y tu familia.
Porque desde lejos todos somos muy valientes, muy humanitarios y muy expertos. Pero cuando algo toca tu casa, el discurso cambia. Y no porque te vuelvas peor persona, sino porque aparece algo que desde lejos se disimula muy bien, la responsabilidad y el amor verdadero.
Quizá quieren enfrentarnos. Quizá todo está demasiado manoseado por unos y por otros. Quizá hay intereses que usan el dolor de quien llega y el miedo de quien vive allí como combustible político.
Pero hoy me quedo con una idea.
La dignidad humana no tiene fronteras.
Pero la responsabilidad sí tiene orden.
Primero cuidas lo cercano. Tu hijo. Tu familia. Tu casa. Tu barrio. Tu pueblo. Tu país. Y desde ahí, si puedes, ayudas al mundo.
Eso no es odio, eso no es racismo, eso no es falta de humanidad.
Eso es entender que tener corazón no significa apagar la cabeza para la lógica y el razonamiento racional.
Y que pedir orden no significa perder humanidad.
Recuerda, jerarquía en el amor. Mis hijos, mi casa, mi barrio, mi pueblo, mi pais.
Ánimo Ceuta, Ánimo Ceutíes .
Feliz domingo.
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