Hoy quise aprovechar un poco la mañana y no se me ocurrió otra cosa que limpiar y ordenar un espacio físico donde quiero realizar una actividad concreta. Y cuidado con eso de “aprovechar” que tiene peligro, como he dicho en otras ocasiones tenemos que saber y además es bueno, estar sin hacer nada, pero vamos, este no era el caso o eso quise pensar.
La cosa es que mientras me desplazaba al lugar, me surgió la reflexión de hoy.
Limpiamos a menudo, ya sea en casa, habitaciones, trastero, roperos o el coche mismo, adecentamos, sacamos cosas que no sirven, hacemos espacio para las nuevas y me pregunté ¿cada cuánto tiempo hacemos eso con nuestra mente?...
Vivimos en la cultura de la limpieza, de lo impoluto, de lo “como nuevo”, la cultura del olor a limpio, la cultura del “escamondao”, cada cierto tiempo, adecentamos y limpiamos e incluso blanqueamos.
Pero pensé en eso. Cuanto nos hubiéramos ahorrado si hubiésemos sacado a tiempo la basura mental, los desechos emocionales, los restos que se quedan impregnados en cada rincón de nuestro ser, de cosas que ya no aportan y que quizás nunca llegaron a hacerlo.
Por eso hoy quiero romper una lanza y una reflexión a favor de la higiene mental, lo veo a menudo en sesiones con clientes, que se empeñan en vivir con aquello que ya no les hace bien, restos de algo que quedó en sus mentes y que no atinan a limpiar, desalojar o desahuciar.
Y es que a veces para que algo entre en tu vida tienes que hacer espacio, ya sea una nueva relación, enseñanzas, nuevas experiencias e incluso nuevos pensamientos, conocimientos o personas.
A veces es necesario revisar que tenemos en la mente que ya no necesitamos, no solo porque ya no sirva, simplemente porque pudo quedar obsoleto, antiguo, o porque no pega, por lo que sea, sino vale no vale.
Y esto viene a ser más fácil con personas como he comentado otras veces, tan sencillo como pararse a pensar y a observar, quienes son aquellos que te rodean y cuanto de tu tiempo y de tu energía consumen.
Es más difícil hacerlo con pensamientos, para ello hay que tener cierta práctica, cierta habilidad y capacidad de observación, o bien puedes entrenarlo en el gimnasio de la mente, pero no te preocupes, hoy no vengo a venderte nada.
Simplemente quiero reflexionar y despertar la curiosidad en ti, e incluso, que tú mismo o tu misma te hagas la pregunta, ¿cada cuánto reviso mi mente?, mis pensamientos, mis sentimientos, mis emociones…
Parece tan fácil, ¿pero como es que un ejercicio tan sencillo que no necesita de grandes esfuerzos nos cuesta tanto?
Enseguida abandonamos, nos cuesta concentrarnos o peor aún, no le damos importancia y luego llega la incoherencia a nuestra mente y nuestro pensamiento, luego vienen los problemas, las irritaciones, los bajones, la tristeza disfrazada, el cansancio, el hastío, el “no lo vi venir”, el “no me lo merezco”, el “siempre me pasa lo mismo” ...
Igual repites sistemáticamente un pensamiento en tu mente que te sabotea y no te hace bien, igual ya no te queda sitio para otros tantos, quizás hay pensamiento que se disfrazan de buenas voluntades, quizás te pase que te crees todo lo que piensas y peor aún, lo que te dicen.
Pero la higiene mental no debería hacerse solo cuando ya no puedes más. Igual que una casa se ventila cada día, la mente también necesita aire antes de oler a cerrado.
A veces conviene hacer inventario mental y pensar qué pensamientos son míos, cuáles heredé, cuáles me sirven y cuáles siguen ahí solo porque nunca me paré a sacarlos.
Y ojo, no todo lo que hay que sacar de la mente es malo. A veces simplemente ya hizo su función, fue útil en otro momento, te protegió, te acompañó, te sostuvo. Pero si hoy ya no te ayuda, quizá ha llegado la hora de agradecerlo y dejarlo salir.
Hacer espacio es importante y necesario, dejar sitio para lo nuevo, nuevos recuerdos, nuevos aprendizajes, nuevas experiencias y nuevas capacidades.
¿Has respondido ya cuando hiciste la última limpieza en tu mente? Pregúntatelo sin miedo, que es probable que te sorprendas.
Quizás haga demasiado tiempo. Quizás llegó la hora de empezar y tomar cartas en el asunto.
Quizás un domingo de esos que no tienes nada que hacer sea buen momento para limpiar, ordenar y deshacerte de aquello que ya no necesitas e incluso que ya no te hace bien.
FELIZ DOMINGO
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