Os cuento algo que me ocurrió esta misma semana, el martes concretamente y que me hizo reflexionar profundamente. Porque los días están llenos de enseñanzas… aunque a veces no seamos del todo conscientes de ello.
En Andalucía —y más aún en las zonas de campo como donde yo vivo— es muy común ver a las personas mayores, sobre todo a quienes disfrutan de su jubilación con buena salud, “matar el tiempo” paseando por el campo. Recogiendo aquello que la tierra, generosa, siempre nos ha regalado y que durante años fue sustento de muchos hogares: caracoles, tagarninas, espárragos… pequeños tesoros que luego se convierten en auténticos manjares.
Son días de mucha lluvia. Este martes, sin ir más lejos, llovía a ratos con intensidad. Llegué a casa tras la mañana de trabajo, me duché, almorcé y me disponía a descansar un poco antes de volver de nuevo a la jornada. Tenía el teléfono en silencio… pero vi un WhatsApp: “Padre”.
Sí, me escribía mi padre. Uno de esos jubilados que salen al campo a “matar el tiempo”, a recoger los regalos de la tierra que luego comparte con orgullo con sus hijos… o que se cocina el mismo con buen gusto dicho sea de paso.
El coche con el que había ido hasta aquel padrón se había quedado “atascado”, según sus palabras… casi hundido, según las mías, en un carril convertido en un auténtico barrizal por la lluvia acumulada. Ya sabemos que estos terrenos juegan malas pasadas… y más cuando uno se aventura a cruzarlos.
Me pedía auxilio.
Eran las 16:00 y se avecinaba otra tormenta generosa. La tarde se complicaba.
Lo intentamos. Probamos varias veces, con calma, midiendo cada movimiento… pero vi que existía un riesgo real de que mi coche también quedara atrapado. Así que decidí llamar a la grúa, que sí está preparada para estos rescates.
Dejamos su coche allí y nos fuimos en el mío hasta la entrada del carril, ya en asfalto firme, en el polígono, aproximadamente a un kilómetro de donde había quedado el coche. La grúa tardaría unos treinta minutos… o eso dijeron.
Y allí estábamos. Padre e hijo.
Con buena relación, sí… pero viéndonos mucho menos de lo que deberíamos. De lo que nos gustaría. De lo que la vida —con sus prisas, trabajos, familias y compromisos— nos permite. Y soy consciente de ello. Reconocerlo ya es un paso.
Mientras esperábamos, mi padre quiso tomar un café para hacer tiempo. Me invitó a acompañarle.
Mi respuesta fue automática y obvia:
—No puedo, tengo muchas cosas que hacer.
Tenía que seguir trabajando. No podía “perder tiempo” en un café. Además, ni siquiera tengo costumbre de tomarlo, salvo alguno rápido por la mañana con algún compañero.
No. No podía permitirme ese tiempo.
Lo acerqué hasta la puerta del Bar Diego. Bajo un ambiente húmedo, los dos algo mojados por la lluvia que nos había sorprendido, me despedí deseándole que la espera fuera corta, que todo saliera bien cuando llegara la grúa… y que me avisara cuando todo pasara, como si los papeles se hubieran invertido por un momento y el fuera el hijo, aquel hijo adolescente que un día fui.
Apenas había detenido el coche. Inicié la marcha, tomé la rotonda a unos quince metros…Y esos quince metros fueron suficientes. Suficientes para que apareciera la reflexión.
¿Y si ese fuera el último café que puedo tomar con mi padre?
¿Y si algún día diera lo que fuera por sentarme cinco minutos con él… cuando ya no esté?
¿Y si solo quisiera un café… y ya no pudiera?
Seguí girando en la rotonda… pero ya no era el mismo pensamiento. Lo tenía claro.
Aparqué. Volví. Y me situé junto a él en la barra para tomar aquel café —descafeinado de máquina, por cierto— en el Bar Diego.
Estoy seguro de que a él, que seguramente leerá esto, le alegró que lo hiciera. Interiormente, aunque no lo dijera. Incluso aunque ni él mismo sepa cuánto. Tanto como me alegró a mí estar allí.
Por supuesto, el café lo pagó él. ¿Qué menos?
Ahí es donde uno entiende que cuando trabajamos en nosotros mismos, cuando tomamos conciencia, pasan estas cosas. Empezamos a darle el valor real a cada momento. Preferimos un café con alguien importante antes que seguir corriendo como pollos sin cabeza, produciendo, cumpliendo… atrapados en el ritmo que nos han impuesto —o que nosotros mismos nos hemos impuesto—.
¿Cuántos cafés quedaron pendientes?, Por la prisa, por creer que siempre habría otra ocasión o por la seguridad de que “ya nos veremos”.
¿Cuántas llamadas sin hacer?, ¿Cuántas sin responder?
Un café no es nada… Pero tomarlo con alguien importante lo es todo.
No desperdicies ni un segundo de esta vida. Valora lo que tienes cuando lo tienes. Porque el único momento que existe… es ahora.
Para que nunca tengas que decir: “Cuánto daría por tomarme un café…”
o peor aún:
“Cuánto daría por haber tomado aquel café que dejé pasar porque no tenía tiempo.”
Llegué a casa como si hubiera completado el rescate más importante del día. Y en realidad así fue.
Porque no solo intenté sacar un coche del barro… también saqué una enseñanza para mi vida.
Llegué siendo yo, habiendo escuchado a mi conciencia y a mi corazón caminando juntos. Y me sentía en paz. Que al final, de eso se trata, de poder vivir con la tranquilidad de haber hecho lo correcto.
Porque aunque vengan muchas más comidas de familia, cenas, cervezas o cafés… al ajustar las cuentas de la vida, siempre me habría faltado uno.
Aquel café.
El que pudo no haber sido… y se habría convertido en “aquel maldito café”.
Hay personas que darían todo lo que tienen por poder sentarse cinco minutos con ese ser querido que ya no está. Con ese padre que se fue.
Por eso…
No fue solo un café.
No era solo un café.
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