Cuando era joven (mas joven) hacía carnaval, componía letras. Y en carnaval, al menos como yo lo entendía, había que hacer lo que había que hacer, mirar alrededor, señalar lo que se debía señalar y cantar lo que muchos pensaban pero pocos decían, bien por ideología, por una comida o por una subvención. El carnaval es un diario “cantao”.
Critiqué a quienes gobernaban, critiqué actitudes y critiqué formas de hacer las cosas. Lo hice con la valentía que uno tiene cuando es joven, cuando no espera nada y por tanto, tampoco teme perder demasiado.
Pero después vinieron las etiquetas.
Porque hay gente que no escucha lo que dices o lo escucha y como no piensas igual, te coloca una etiqueta, te pone un color, te asigna una intención y a partir de ahí, ya no habla contigo, habla con la idea que se han fabricado de ti.
Con el tiempo, muchas de esas etiquetas se las ha ido llevando el viento de levante. También porque uno cambia, piensa, madura, se equivoca, aprende y sobre todo, se cansa de que todo tenga que pasar por el filtro de la política en este caso.
Cada vez me gusta menos la política entendida como trinchera, la polarización, estas conmigo o contra mi, y me gusta todavía menos esa costumbre tan actual de convertir cualquier conversación, cualquier amistad o cualquier pensamiento en una prueba de fidelidad ideológica, sea política o no, de pensamiento animalista extremo, de religión, de cultura deportiva, de nacionalismo o cualquier otra pertenencia (tu llévatela a la que mejor te venga).
Si para ser amigo tuyo tengo que pensar exactamente como tú, entonces no quieres un amigo, quieres un afiliado y para eso sinceramente, yo tampoco quiero tu amistad.
No me gusta la gente que intenta direccionar tu pensamiento. No me gustan los pensamientos fijos. No me gusta esa forma de mirar al otro como si, antes de conocerlo, hubiera que preguntarle, “¿Tú de quién eres?”
Porque una cosa es tener ideas y otra muy distinta es vivir encerrado dentro de ellas.
Aquí entra algo que cada vez tengo más claro.
La mentalidad es lo que pensamos, las creencias que hemos construido, las etiquetas que aceptamos, las historias que nos contamos. La gestión mental es qué hacemos con todo eso. Qué hago cuando alguien me etiqueta. Qué hago cuando quieren meterme en una caja. Qué hago cuando mi cabeza empieza a justificarme, defenderme o pedir aprobación.
A veces el problema no es la etiqueta que te ponen. El problema es pasarte media vida intentando quitártela delante de gente que necesita que la sigas llevando o justificarla, en definitiva, el dar demasiadas explicaciones.
Y no.
La paz mental también consiste en dejar de presentarte a exámenes que tú no has convocado y para los que ni siquiera estudiaste.
Antonio Machado lo dijo mejor:
“¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela.”
Ojalá fuéramos más de buscar la verdad juntos y menos de usar “mi verdad” como una piedra para tirársela al otro, como algo irrefutable.
Así que sí, tengo ideas. Tengo criterio. Tengo contradicciones. Como todo ser humano que piense un poco y no viva encerrado en una ideología.
Pero si para aceptarme necesitas saber primero en qué lado colocarme, quizás el problema no está en mis ideas. Quizás está en tu necesidad de clasificarlo todo, de tu fanatismo o yo que se, pero no en mi.
Yo no quiero vivir buscando aprobación. Ni política, ni social, ni ideológica.
Quiero pensar. Quiero escuchar. Quiero cambiar de opinión cuando haga falta y quiero tener cerca a personas que no necesiten convertirme en un pensamiento fijo para aceptarme o para caerles mejor o peor.
Cuando la amistad depende de pensar igual, no es amistad.
Y esta reflexión dominguera no va de política, ya te he dicho que no me gusta, no pierdo el tiempo con ella, esta reflexión va de etiquetas, de aeptación y de como manejamos todo aquello que genera, de pensar sin pedir permiso, de eso va.
¿Cuantas amistades o relaciones quedaron en el camino cuando una de las partes decidió no pensar igual?. ¿y a ti te ha pasado algo de esto?, seguramente.
Eso también es gestión mental, saber elegir en que gastas tu energía.
Por que dejas de gastar tu energía cuando dejas de dar explicaciones por todo o intentando convencer de algo y está la energía que recuperas cuando dice…
Se quien soy y con eso me basta.
Añadir comentario
Comentarios
Muy buena reflexión. Yo ya hace tiempo que dejé de lado a ese tipo de personas. Son demasiado tóxicas y no aportan nada positivo