Hoy no tenía claro sobre qué escribir.
Pensé en el Mundial de fútbol, en ese sentimiento de pertenencia que tanto se mueve estos días y que también se estudia en psicología social. Esa necesidad tan humana de sentir que formamos parte de algo.
Pensé también en Toy Story 5, que vi ayer en el cine, y en cómo la tecnología va reemplazando cosas que antes parecían eternas. La recomiendo, por cierto. No solo entretiene, también deja pensando.
Pero entonces pasó algo más sencillo. Iba andando por casa y, al pasar por el salón, vi una foto de frente. En realidad vi varias. Una en un pequeño marco de madera, donde aparezco abrazado por mis niños. Otra de la reciente comunión de la pequeña Marina. Otra del día de mi boda.
Y en ese silencio noté algo extraño. Como si aquellas fotos hablaran.
Me vino una sensación de añoranza, sobre todo con la primera. Porque los niños crecen, el tiempo pasa y uno, aunque vaya haciendo como que no se entera, se entera. Entonces me hice una pregunta: ¿a dónde van, después de una vida, tantas fotos?
Y esa pregunta, en realidad, ya me había visitado alguna vez.
Hace tiempo que no miro el álbum de fotos de la familia. De mis padres, mis hermanos, mis abuelos, mis primos, de cuando éramos pequeños. Antes sí, antes las fotos se veían una y otra vez. Incluso se acariciaban. Se guardaban en viejos álbumes o en aquellas cajas metálicas de galletas donde cabía media vida.
La foto de papel en el marco te mira. La digital tienes que ir tú a buscarla. Por eso pienso que las fotos hablan. A mí hoy me hablaron.
Hoy hacemos cientos de fotos en un mismo día y si acaso, las vemos alguna vez en una pantalla pequeña. Pero no transmiten lo mismo. Una foto en papel tiene algo más puro. Más presente, más de verdad.
Hoy tenemos más fotos que nunca, pero quizá menos memoria que nunca también.
Antes una foto era un acontecimiento. Se revelaba, se esperaba, se guardaba. Se enseñaba en una sobremesa. Pasaba de mano en mano, tenía esquinas dobladas, dedos encima, manchas, pero tenien vida.
Ahora hacemos veinte fotos para elegir una y luego ni siquiera la miramos. La dejamos enterrada entre capturas de pantalla, facturas, memes, vídeos reenviados y fotos que hicimos “por si acaso”.
Enorme contradicción humana, nunca hemos fotografiado tanto la vida y nunca la hemos mirado tan poco.
Una foto en papel tiene algo que la pantalla no consigue. Tiene presencia, está ahí. No necesita batería, nube, contraseña ni cobertura. Te espera en silencio.
Parece que ya no se llevan tanto. Ahora se llevan más las paredes limpias, los cuadros minimalistas, las casas perfectas y los recuerdos escondidos en la nube. Pero que no se pierdan las casas llenas de retratos. Ahora somos mas minimalista y mas minimolisto.
Un retrato en papel lo miras sin querer y te recuerda algo que no habías venido a buscar, como me pasó hoy.
Te recuerda que tus hijos eran más pequeños. Que tú también eras otro. Que hubo días que parecían normales y ahora son tesoros y que lo cotidiano, cuando pasa el tiempo, se vuelve sagrado.
Una foto no congela el tiempo, eso es mentira, el tiempo sigue. Los niños crecen, los abrazos cambian, las casas se transforman, la gente ya no está igual y algunos, incluso, ya ni siquiera están.
Lo que hace una foto es otra cosa. Te devuelve por un instante a un lugar donde ya no puedes entrar con el cuerpo, pero sí con la memoria y quizás por eso a veces duelen. No porque sean tristes, sino porque fueron felices, y ahí aparece otra pequeña desdicha del ser humano, hay felicidades que solo reconocemos cuando ya han pasado, gran paradoja.
Por eso hoy, después de ver aquellas fotos en el salón, pensé que quizá deberíamos imprimir más recuerdos y almacenar menos archivos, porque algún día alguien abrirá una caja, encontrará una foto nuestra y se hará las mismas preguntas: ¿dónde fue todo aquello?, ¿quiénes éramos entonces?, ¿cuándo dejamos de mirar así?.o ¿Quiénes eran? ¿cuadno? ¿Por qué?
Y será entonces al mirarlas, cuando volveremos a existir un poco.
Con cariño y admiración a quienes tienen en la fotografía su pasión. Y con una pequeña invitación para todos los demás, imprimamos alguna foto más.
No vaya a ser que, por querer guardarlo todo, terminemos sin recuerdos, como sino hubiéramos existido.
Añadir comentario
Comentarios