A veces me da por parar un poco y observo la cantidad de gente que hay opinando de todo en redes, sobre temas sociales de actualidad, como si fueran verdaderos expertos en absolutamente todo, lo ocurrido en Ceuta, los incendios forestales, la agresión a una menor en Huelva y tantos otros temas.
Y a mí solo se me viene a la mente una frase que repito mucho últimamente: “Yo de otra cosa no sé, pero de esto tampoco”.
Y es cierto. Cada vez mido más mis opiniones y comentarios. Tengo derecho a desahogarme como cualquiera y a poder opinar de lo que quiera, faltaría mas. Y aunque a veces pueda tener más conocimientos en ciertos temas que muchos de los expertos que leo a diario, prefiero ser cauto, callarme, investigar, contrastar e incluso preguntar.
Porque una cosa es lo que ocurre y otra muy distinta es lo que nos cuentan. La información que nos llega y cómo nos llega. Muchas veces manoseada por intereses de partidos, por intereses personales o por esa necesidad de que todo sea rápido, viral y fácil de consumir, en otras palabras, negocio también.
Y otra cosa importante es opinar desde la barrera, desde el sofá o desde la barra del bar. No entiendo cómo este país puede ir como va con la cantidad de expertos en “todo” que tenemos por metro cuadrado. Eso sí, si la noticia es larga o hay que leer más de tres párrafos, ya empieza a complicarse la oposición a catedrático del Temu.
Muchos expertos en chancla opinando sobre los incendios, sobre como apagar fuegos, con una cerveza fresquita en la mano, sobre cómo hay que actuar, sobre qué habría que hacer y sobre qué harían ellos. Muchos expertos opinando sobre el drama de Ceuta. Muchos expertos opinando sobre el acoso, la violencia, la educación, la adolescencia y todo lo que se ponga por delante.
Y aunque esto, al fin y al cabo, ya daría para una reflexión en sí misma, hoy no va exactamente por ahí esta reflexión dominguera. Pero de todas formas, dale una vuelta a esto también. Piensa antes de dar tu opinión qué fundamentos tienes, qué conocimientos reales tienes sobre el tema y, más aún, qué conocimientos tiene aquel al que estás leyendo.
Hace unos días veía un debate sobre el caso de la menor agredida en Huelva que se ha hecho viral. Seguro que muchos lo conocéis. Entre quienes opinaban estaba Javier Urra, un destacado psicólogo, pedagogo y escritor español, reconocido por haber sido el primer Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid. Esto lo supe después de investigar un poco quién era.
Entre tanto que comentó, dijo que las niñas que agredían podían sentir envidia hacia la agredida porque vestía mejor que ellas o, al menos, vestía diferente, mientras las demás iban más parecidas o casi iguales en su vestimenta, y eso, de alguna manera, tiene su sentido por que también tiene algo de psicología social - el sentimiento de pertenencia al grupo, la diferencia y la necesidad de encajar-. No es que no estuviera de acuerdo con esa teoría que visto desde la psicología social tiene sentido. Es que pensé que quizá no era lo más importante en ese momento por que podía restar fuerza al tema central.
Luego siguió hablando y coincidí prácticamente en todo lo que exponía. Pero el debate dio un giro cuando el doctor Urra pidió disculpas por no haber asistido el día anterior porque tenía cita con el médico. Y como quien habla de cualquier tema, sin alterarse ni emocionarse lo más mínimo, comentó que le habían detectado un cáncer de pulmón con metástasis.
Claro, aquello dejó sin palabras al resto de tertulianos, y también a mí.
Se justificaba porque no había podido asistir, contó lo de su enfermedad y siguió hablando con una tranquilidad pasmosa. Pero la lección vino en todo lo que dijo a raíz de eso. Habló sobre la felicidad, sobre que es subjetiva, sobre el sentido de la vida, y dejó una última reflexión que se me quedó dentro dando vueltas durante estos días, la vida cobra sentido cuando en tu último día puedes decir “Valió la pena”.
Vaya lección nos dio a todos el doctor Urra. Lo que para otros podría ser lo peor, un pozo donde hundirse, él lo convirtió en una reflexión sobre el sentido de seguir viviendo, sobre mirar la vida de otra manera y sobre no dejar que una noticia terrible borre todo lo que todavía puede tener valor.
Y eso que dijo no fue cualquier cosa.
Porque al final la vida va un poco de eso. No de verla pasar, no de pasarla entre scroll infinito, discusiones vacías y comentarios de expertos licenciados en nada. Va de darle sentido. De poder llegar al final y decir: “Valió la pena”.
Así que sí, seguiré perdiendo menos tiempo en leer comentarios de expertos de sofá, doctorados en barra de bar y de Master en chanclas. Y seguiré poniendo más energía en mis proyectos, en mi gente y en aquello que me ilusiona.
Porque se trata de eso, de no gastar la vida opinando sobre todo, sino gastarla en construir una vida que, cuando llegue el último día, te permita decir…
“Che, valió la pena”.
Feliz domingo.
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