Lo que escuché esta semana lleva varios días dando vueltas en mi cabeza.
Cada uno es libre de vivir la vida que quiere y como quiere. O como puede, que a veces no es poco. Eso por descontado. No soy nadie para decidir cómo tiene que vivir nadie. Tampoco soy juez para juzgar a nadie.
Pero una vez dicho esto, lo repito: lo que escuché esta semana lleva días dándome vueltas en mi cabeza.
Y es cierto que ya he reflexionado alguna vez sobre este tema, pero cada vez lo tengo más claro. Y cada vez me causa más estupor.
Resulta que, por cosas de la vida, sin quererlo, sin buscarlo y mucho menos necesitarlo, escuché la conversación telefónica de un señor ya entrado en los 80 años. Puede que incluso más cerca de los 90 que de los 80.
La conversación decía algo así:
—Estoy aburrío. No para uno de echar y no toca ná. La semana pasada cogí cuatro, pero era poco. No sé si dejar de echar loterías…
Y repetía de nuevo:
—Estoy aburrío, joe…
Y así un buen rato, en una conversación que duró algunos minutos.
La verdad es que, si no supiera que ese señor no tiene necesidad económica ninguna, quizás no me hubiera sorprendido tanto. Si no supiera que probablemente tiene más dinero del que va a gastar en lo que le queda de vida, igual no me habría removido de la misma manera.
Pero saber que no tiene problemas económicos, más bien todo lo contrario, y que su familia más cercana tampoco parece tenerlos, hizo que aquella conversación se me quedara dentro y me indignara a la vez que me hacia pensar.
Y estos días me he hecho una pregunta:
¿Hasta dónde llega la avaricia del ser humano?
¿Cómo puede una persona a la que, con todo el respeto del mundo, le queda ya menos camino por delante que por detrás, o medio telediario, estar pendiente de si le toca o no la lotería? ¿Cómo puede aburrirse en función de eso?
Ojalá me equivoque y viva cien años más. Lo digo de verdad. Pero no logro entender que, después de una vida entera, el aburrimiento de alguien pueda depender de si cae o no cae un premio.
No creo que esto sea cosa de personas mayores. De personas mayores puede ser levantarse temprano sin necesidad porque el cuerpo lo pide. Puede ser aburrirse en un día que se hace largo. Puede ser echar de menos otros tiempos, otras rutinas, otra vida.
Pero aburrirse porque no toca la lotería… eso me cuesta entenderlo.
Como digo, ya he reflexionado alguna vez sobre esto. Sobre personas que trabajan toda la vida pensando solo en amasar dinero. Trabajar para tener más. Tener más para querer más. Y el día menos esperado se acaba el viaje.
Porque ese es el final. Morir y no llevarte nada, nada más que lo vivido.
Y no sé si todavía es peor cuando veo a los hijos de esos mismos hombres repetir la misma historia. Como si no hubieran aprendido la lección. Como si creyeran que esta vez será distinto. Como si el dinero fuera a pedir una prórroga cuando llegue el último día. Y trabajan con la única intención de guardar, de tener mas, en busca quizás de ese estatus que te da el dinero, no lo se. Pero solo quieren mas y mas. Y a veces dejan de hacer cosas por no gastar, seguro que ya se te vino alguien a la mente.
Y entonces pensé en personas que lo han perdido todo con los recientes incendios. Pensé en el drama de Ceuta. Pensé en Juanma y en su hijo Jonathan que buscan una cura a contrarreloj. Pensé en familias que sé que lo necesitan de verdad. Familias a las que un poco de dinero sí les cambiaría el día, el mes o quizá la vida.
Y mi indignación fue creciendo.
De forma controlada, eso sí. Que uno ya va aprendiendo a no darle las llaves de la cabeza a cualquier pensamiento.
Pero al mismo tiempo agradecí tener otra filosofía de vida.
Me sentí rico por tener salud. Me sentí rico por tener familia. Me sentí rico por tener pan, casa y trabajo. Me sentí rico por poder pasar un día en la playa y ver el atardecer. Me sentí rico por llegar bien a casa. Me sentí rico por tener una cama donde descansar y, por qué no decirlo, donde seguir soñando.
Y entre tantos sueños, curiosamente, nunca hubo uno que dependiera únicamente del dinero.
Hay una frase que dice: “Hay gente tan pobre que solo tiene dinero”.
Y cada vez la entiendo más.
Porque una cosa es necesitar dinero para vivir con dignidad, y otra muy distinta es vivir como si el dinero fuera el único dios al que rezarle.
El dinero hace falta. Claro que hace falta. Decir lo contrario sería una tontería. El dinero paga facturas, llena neveras, da seguridad y evita muchas angustias. Pero cuando el dinero deja de ser una herramienta y se convierte en el centro de la vida, algo hiciste mal.
Y de forma inevitable, esta reflexión enlaza con la última que hice. Con aquella idea del doctor Javier Urra: que cuando llegue tu último día puedas decir “mereció la pena”.
Pero no dejes nunca ese final en manos del dinero.
Porque puede que un día tengas más cuenta corriente, más propiedades, más ahorros y más números apuntados en una libreta, pero si no viviste, si no abrazaste, si no disfrutaste, si no compartiste, si no miraste un atardecer en la Barrosa sin pensar en lo que faltaba por ganar, entonces quizá al final no puedas decir “mereció la pena”.
Podrás decir: “junté mucho”, pero no mereció la pena.
Y eso es una ruina mucho más grande, porque el dinero puede comprar muchas cosas.
Pero no puede comprar una nueva vida.
Y quizá por eso ayer, mientras estaba en la playa con mi familia, haciendo fotos y viendo caer la tarde, volví a pensarlo.
Nada me podía hacer sentir más rico en ese momento. Y precisamente esa que es la mayor riqueza no necesita declararse en Hacienda, al menos de momento.
Esos instantes se fotografían a veces, no para presumir de ellos, sino para recordarnos, precisamente que fuimos ricos, de amor y cariño, que la vida fue maravillosa y que debemos dar gracias.
Ayer entendí, una vez más, que quizá la verdadera riqueza no está en tener mucho, sino en necesitar cada vez menos para sentir que la vida merece la pena.
Un atardecer, una familia cerca, una foto sencilla, un rato de paz.
Y poder decir, sin que toque la lotería ni falte nada importante cuando me vaya a dormir.
Gracias, hoy también fui rico.
Feliz domingo.
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