Hoy antes de encender el pc dispuesto a escribir mi reflexión dominguera me vino una pregunta curiosa que conectaba con mi yo mas poético, romántico o místico. Y decidí tirar por ahí.
Me vino una pregunta curiosa, que quizás no te hayas hecho nunca, o quizás si, no lo se, e incluso a veces es algo que hayamos podido interpretar, bien de adulto e incluso de adolescente.
En un mundo donde todo se mide por el éxito, por el dinero, por logros, por propiedades me paré a pensar…
¿Qué vale mas un beso o un abrazo?... y ya continué con el resto y se me ocurrieron algunas mas…
¿Una acaricia que te pone los vellos de punta o una que te hunde la carne?
¿Un te quiero o escribe cuando llegues?
¿Un “estoy orgulloso de ti” o un “sabía que podías”?
¿Un regalo caro o que alguien se acuerde de cómo te gusta el café?
¿Una llamada larga o un “he pensado en ti” sin venir a cuento?
¿Un “todo va a salir bien” o alguien sentado a tu lado cuando nada sale bien?
¿Un beso en la boca o un beso en la frente cuando estás agotado?
¿Una conversación profunda o una mirada que ya sabe lo que te pasa?
¿Un abrazo fuerte o ese abrazo que no aprieta, pero te sostiene?
¿Un “cuenta conmigo” o alguien que no lo dice, pero siempre está?
¿Un “me alegro por ti” o alguien que se alegra de verdad, sin veneno debajo?
Supongo que será como el agua ¿no?, si, como el agua. No vale lo mismo o no debe valer lo mismo una botella de agua en cualquier ciudad y esa misma botella en el desierto.
Supongo que el valor puede medirse también por quien recibe el gesto, la palabra o el mensaje…
Puede ser alguien que lo tenga todo y quizás por eso todo eso lo valore un poco menos, o no lo valore siquiera.
Puede ser alguien sediento de amor, de gestos, de caricias, y cualquiera de estos le parecerá un mundo.
Por eso me pregunto ¿En que bolsa cotizan esos gestos?, ¿Qué saldo emocional pagamos?.
Supongo que cuando das y no se te valora será como esa botella de agua en la ciudad.
Importa el lugar, claro que importa, quizás estés dando en el lugar equivocado o quizás sea que nos acostumbramos tanto a tener tanto, que pasa como cuando se tira las sobras de cualquier comida al cubo de la basura.
Y ahí está quizás la gran trampa, que nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a que alguien nos dé los buenos días, a que alguien nos pregunte como hemos dormido, a que alguien nos diga “avísame cuando llegues”, a que alguien nos espere, a que alguien nos abrace, a que alguien nos mire y sepa que algo no va bien.
Nos acostumbramos tanto que dejamos de verlo como un regalo y empezamos a tratarlo como si siempre lo fuéramos a tener, como si eso estuviera garantizado.
Y no lo está.
Porque un día puede que eches de menos precisamente eso que hoy das por hecho. El mensaje que no contestaste con ganas, el abrazo que recibiste con prisa, el “cuídate” que te pareció una frase más, la llamada que dejaste para luego, o ese beso que parecía solo uno más y que llegado el momento quizás necesites y ya no puedas tener. Quizá por eso habría que vivir más atentos a esos gestos pequeños. A final se trata de conciencia.
Porque hay gestos que no cuestan nada, pero valen muchísimo. El problema es que muchas veces no sabemos cuánto valía una presencia hasta que se convierte en ausencia.
Así que mira bien quién te cuida en lo pequeño, quién te pregunta, quién se acuerda, quién te espera.
Quién te dice “come algo”, “descansa”, “abrígate”, “avísame cuando llegues”.
Porque igual eso que hoy parece poco, mañana te rompe por dentro cuando ya no esté.
Por eso termino está reflexión tal como la empecé, con una pregunta que no he conseguido responder.
¿ Cuánto valen los pequeños gestos?
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